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El Acordeón

Capítulo veinte

Para terminar el año, Dante Liano leyó el capítulo XX de la primera parte del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, una suerte de resumen de la obra entera, con razonamientos lúcidos, razonamientos paranoicos, razonamientos fantásticos, imaginaciones varias, chistes, refranes, diálogos chistosos, sentencias, insolencias y espíritu del tiempo.


Por Dante Liano

Una noche más oscura que los más negros pensamientos de un cura enlutado; un viento que no se decide, entre brisa y soplo, con silbido siniestro de utilería teatral; ramas de árboles que se mecen y estremecen rozando las unas con las otras; el desencadenado rumor de una persistente cascada no muy lejana; de pronto, los rítmicos mazazos retumbantes de un monstruoso pilón, que hacen temblar el poblado silencio de la noche; ninguna estrella y menos luna; lo que se dice noche cerrada, y dos hombres sorprendidos por esa noche en medio del bosque, dos hombres que caminan tirando, uno, de un rocín flaco y macilento, el otro de su asno manso y obediente. Son don Quijote y Sancho Panza al principio del capítulo 20 de la primera parte del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de don Miguel de Cervantes y Saavedra.

Cervantes titula jocosamente el capítulo: De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la acabó el valeroso don Quijote de la Mancha. Título que, al contrario de lo que deberían ser los títulos, esto es, una especie de condensación de lo que viene, nos informa de nada: habrá una aventura y esta aventura tendrá un inicio y un final. Se habrán reído mucho los lectores de la época (que no leían con reverencia ni solemnidad este libro) ante la gracejada del autor. La otra característica son las exageraciones que abraza, dichas con la misma “cara de palo” que García Márquez adoptará 500 años después.

Quizá la aventura no será “jamás vista ni oída”, pero entretenida sí. El capítulo 20 es como una condensación de la novela. Una suerte de resumen de la obra entera, con razonamientos lúcidos, razonamientos paranoicos, razonamientos fantásticos, imaginaciones varias, chistes, refranes, diálogos chistosos, sentencias, insolencias y espíritu del tiempo.

Don Quijote y Sancho han cabalgado por la árida Mancha y les cae la noche en medio de una gran hambre y una gran sed. Encuentran hierbas y el instinto campesino de Sancho intuye que, si hay hierbas, habrá agua y con ella podrán saciar la sed. Mas, por desgracia, esa noche es sin luna y sin estrellas, negra y tan negra que la boca del lobo sería luminosa, y lo malos pensamientos meridianos, y la famosa suerte mía un esplendor. Cervantes, con suavidad, va introduciendo otros elementos para acentuar la situación exageradamente oscura: detenidos por el muro negro de la noche, caballero y escudero escuchan, no muy lejos, el refrescante ruido de una cascada, pero casi enseguida se les agua el gusto (el chiste es de Cervantes, no mío) pues oyen los retumbantes mazazos rítmicos de un artefacto desconocido, como si una descomunal bola de acero estuviera demoliendo una montaña gigante. El otro elemento con el que Cervantes completa el cuadro de terror es el ruido del viento, que sin ser exagerado, basta para que, corriendo entre las hojas de los árboles, produzca aquel silbido siniestro que estremece a los valientes. Si estuviera en América, el novelista habría introducido un coyote que aullaba a los lejos.

 

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Para que el lector no se asuste, Cervantes hace temblar de miedo a Sancho y, contemporáneamente, resalta la temeridad de don Quijote. (Parece ser Auerbach quien señala que don Quijote no es valiente, sino temerario. Vale la pena repetir la distinción: valiente es el que tiene miedo, pero no obstante el miedo, enfrenta el peligro. Don Quijote no es valiente porque no conoce el miedo, sino que se lanza en medio de situaciones peligrosas, y donde no hay situaciones peligrosas, las crea, como en el episodio de los leones, que andan por allí tranquilos y él los va a provocar: es un temerario). En efecto, ante el posible peligro, salta sobre Rocinante, embraza la rodela y tercia su lanzón, dispuesto a embestir hasta lo que no ve. Literalmente.

No va a poder embestir nada, porque cuando Sancho nota que nuevamente su patrón está por cometer un disparate, amarra las patas delanteras de Rocinante (“las manos”, se dice en castellano y aquí se ve que el caballo es el único animal, junto con el hombre y los monos, que las tiene) y mucho puede espolear don Quijote que Rocinante solo puede dar pequeños saltos ridículos. A este punto, vencido por la argucia de Sancho, don Quijote se resigna a pasar la noche sentado en su caballo mientras Sancho, que se está muriendo del miedo, se abraza a la pierna izquierda de su amo, convirtiéndole en una especie de centauro con apéndice gordinflón. Toda la situación es ya cómica, y Cervantes aprovecha para acentuarla. Hace que don Quijote, delante de la ignota aventura, dispare uno de sus discursos en español arcaico, sacado limpio de los libros de caballería, en donde, resumidamente, dice a Sancho que se emboscará en la negrura nocturna y que si se pierde, vaya con su amada Dulcinea a contarle que cayó en esa aventura por amor. La respuesta de Sancho es en español llano, el que habla el pueblo, con refranes que todavía usamos: “quien busca el peligro perece en él”, “la codicia rompe el saco”… Sobre todo, con una sensatez que generalmente atribuimos a don Quijote. Razona Sancho: si el problema es la fama de cobardes que nos ganaremos por no movernos de aquí, puesto que nadie nos ve y no seremos nosotros los que vamos a ir por allí contando nuestra cobardía, quedémonos aquí y no se lo contemos a nadie.

Con esto, toca Sancho uno de los grandes temas de la cultura de la época. Para un caballero (mas también para un campesino, por aquello de que la cultura de los poderosos es la cultura de todos) cosa sustancial era la fama. La fama es aquel atributo nuestro que reside en la lengua de los demás. De nada vale ser honrado, hay que parecerlo. Prezzolini, escritor italiano algo olvidado, ya lo decía: “La fama de un escritor nace en la boca del mismo escritor”. Se puede aplicar a todas las personas. Puede ser que nadie me crea si yo proclamo que soy inteligente; pero si yo proclamo que soy un estúpido, todo el mundo lo repetirá. En el siglo XVI se funda la cuestión fundamental de la honra en la cultura española. Parafraseando a Ortega: yo soy yo y lo que los demás dicen de mí.

 

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Proclama Hernán Cortés que emprendió la conquista de México para ganar riquezas, convertir paganos y obtener fama. Para un caballero de la época, este tercer elemento no es indiferente. A veces, lo es más que la riqueza. Recuérdese al escudero del tercer tratado del Lazarillo, a quien más le importa la ostentación de que come y se viste bien, aunque en el secreto de su casa muera de hambre y no tenga vestidos. La obsesión de la pureza de sangre, de la buena cuna, del ser cristiano viejo devasta la vida de los hispanos. Y cuando en España deja de ser obsesión, pasa la epidemia a América, donde la proclamación de la ascendencia europea resulta un bizarro signo de estúpido estatus a cambio de lo que debería ser orgullo: tener raíces americanas.

El cuento de Sancho

De todos modos, no habrá peligro esa noche, más que el peligro imaginado. Bien amarradas las patas de Rocinante, don Quijote no puede partir lanza en ristre a la búsqueda de magos, encantadores y hechiceros, y debe conformarse con la no menos interesante compañía de Sancho, a quien le pide, sin saber que abre la puerta a una nueva serie de sucesos cómicos, que le cuente algún cuento. El cuento de Sancho testimonia que Cervantes, antes de escribir su obra, recorrió caminos, cantinas, antros, tabernas, cárceles y posadas, y que de ese contacto con la vida vivida nació su novela. El cuento de Sancho nos hace olvidar que don Quijote ya es una fantasía, y ayuda a crear la ilusión de realidad histórica de la novela. En cambio, es una fantasía dentro de otra fantasía. E insinúa la duda de que la vida misma sea una fantasía, también.

Sancho comienza con una fórmula antigua, similar a las actuales “Érase una vez…” “Había una vez…”, “Érase que se era…” Solo que la de Sancho es más larga y popular. Dice: “Érase que se era, el bien que viniera para todos sea, y el mal para quien lo fuere a buscar…”

No contento con esa larga introducción, Sancho, que cuenta mal, la explica. Contar una historia pertenece a las aspiraciones normales de los seres humanos. Como silbar una melodía, como cantar distraídamente. Sin embargo, al igual que silbar o cantar, no todos tienen el talento de contar. Lo vemos con los chistes. Los hay narradores brillantes, que sacan risa hasta al más desabrido. Y los hay desastrosos, que arruinan hasta al más chistoso. Y los hay compulsivos, que carecen de conversación, cuentan un chiste detrás de otro y estos son los peores, porque después de una retahíla de cuentos más o menos graciosos viene el silencio, y estos obsesivos contadores de chistes son asesinos de conversaciones y enemigos de la compasiva virtud de escuchar.

¿Qué explica Sancho? Que este tipo de introducción jaculatoria proviene de tiempos antiguos y atribuye la que acaba de recitar a “Catón Zonzorino”. A este punto, Cervantes esperaba una sonrisa del lector, pues Sancho está deformando el nombre de “Cantón Censorino”, quien en la época era considerado la máxima autoridad en refranes, dichos y sentencias, tanto que su libro Dicta Catonis era usado como cartilla para alfabetizar. De “Censorino” a “Zonzorino” el paso es largo, pues el último alude a “zonzo”, que entra en contradicción con la sabiduría de Catón.

Puesto que la explicación se dilata, don Quijote interrumpe a su escudero (cosa que sucede con frecuencia, y es signo del temperamento de nuestro caballero, quien a la bondad natural, a la ingenuidad de actitudes, a la credulidad infantil une un nerviosismo de hombre flaco, una rapidez para enojarse y una velocidad para encenderse que son todos signos de mal carácter). Lo interrumpe y lo conmina a continuar con el cuento.

“Digo pues, prosiguió Sancho, que en un lugar de Extremadura había un pastor cabrerizo, quiero decir, que guardaba cabras, el cual pastor o cabrerizo, como digo de mi cuento, se llamaba Lope Ruiz, y este Lope Ruiz estaba enamorado de una pastora que se llamaba Torralba, la cual pastora llamada Torralba era hija de un ganadero rico, y este ganadero rico…”

Lo dicho: Sancho no sabe contar. No es raro encontrar quien inicia la frase con las últimas palabras de la frase anterior, lo cual, aparte de ser fastidioso, alarga la conversación de modo insoportable. El apreciable don de la síntesis de no es de todos, y de la peste se huiría con menos prisa que como se huye de estos conversadores inagotables. Hay quienes tratan de explicar por qué llegaron tarde remontándose a Adán y Eva, si no a la Creación de cielos y tierra. Don Quijote, que es de fácil enojo, corta a Sancho y lo conmina a contar como la gente o a callarse de una vez por todas. Como Sancho es respondón, le dice que ese es su estilo de contar, y don Quijote le riposta, con sensatez, que cuente como le dé la gana, porque no le queda más remedio que aguantar su compañía.

El relato no deja de ser interesante porque habla del juego de poder que implica toda relación amorosa. Cuando Lope Ruiz se moría de amor por Torralba, esta lo despreciaba. Dicho sea de paso, la descripción de la pastora no es para nada halagüeña: corpulenta tirando a gorda, arisca y de mal genio, algo hombruna y para completar el cuadro, con desarrollados bigotes de mujer de campo. Igual, Lope la ama y ella lo desprecia. No solo, le da celos. A este punto, los papeles se invierten. Lope, a fuerza de ser desdeñado, comienza a odiarla y termina aborreciéndola. Torralba, al verse rechazada, se enciende de amor. A este punto, don Quijote hace un comentario que nuestros tiempos, políticamente correctos, desaprobarían: “Esa es natural condición de mujeres, dijo don Quijote: desdeñar a quien las quiere y amar a quien las aborrece”. Tal frase se vuelve sabia si, en lugar de “mujeres”, escribimos “personas”. La frase está escrita por un hombre de casi sesenta años: alguna experiencia habrá detrás del enunciado.

El encono de Lope contra Torralba es tan fuerte que el pastor decide escapar por tierras de Portugal. Y tras de él se va Torralba en dramático acoso de amor. El relato de Sancho la diseña de modo ejemplar: descalza, con un bordón en la mano y alforjas en el cuello, lo sigue a pie, a la distancia. El secreto está en el detalle y no escapa a Cervantes ese truco narrativo, pues en relato tan escueto alcanza a decir que la pastora llevaba en las alforjas un pedazo de espejo y un pedazo de peine, más un cierto maquillaje usado en aquel tiempo para disimular manchas, agujeros y protuberancias en el rostro. No habla de comida, sino de la natural propensión a la belleza con la que Torralba piensa reconquistar a Lope Ruiz.

Prosigue Sancho su cuento, y hace llegar a Lope a las orillas del río Guadiana. Gran problema, pues lleva consigo trescientas cabras. Lo único que consigue es un barquito en donde caben el barquero, Lope y una cabra. En este momento del relato, Sancho hace una advertencia fundamental a su amo: tome nota, le dice, del número de cabras que van pasando, porque si se distrae, se acaba el cuento. Dicho esto, continúa contando de la manera más absurda que se pueda imaginar: llevó el pescador a la otra orilla una cabra, y luego regresó. Llevó otra y regresó. Llevó otra, y otra, y otra… Don Quijote se da cuenta, alarmado, de que Sancho le va a contar la travesía de cada una de las trescientas cabras, y, cabreado él, lo vuelve a regañar: hagamos cuenta que pasaron todas porque de otra manera aquí nos pasamos un año.

Entonces Sancho deja caer la guillotina de la trampa que tenía preparada. Pregunta a don Quijote cuántas cabras han pasado. Como cualquiera de nosotros, el Caballero de la Triste Figura le responde: “¿Yo qué diablos sé?”, ligeramente encabritado, cascarrabias como es. Ya ve, le responde Sancho. Aquí se acabó la conseja. Le había advertido de llevar la cuenta y que si no la llevaba, la historia se terminaría. Incrédulo, don Quijote le pregunta qué importancia tiene el número de cabras para el contenido del relato. Y Sancho insiste: si no se acuerda de cuántas eran, se acabó la historia. Y en efecto, allí se acaba.

A este punto, don Quijote, en lugar de sacar su espada y pinchar a su escudero, saca el más fino estilete de la ironía, y dice a Sancho, con gran seriedad, “Tú has contado una de las más nuevas consejas, cuento o historia que nadie pudo pensar en el mundo”. No creo que haya mejor ilustración de la definición de ironía: decir una cosa queriendo expresar exactamente lo contrario. Hunde el cuchillo de su lengua: “Tal modo de contarla, ni dejarla, jamás se podrá ver ni habrá visto en toda la vida”, dice y hunde el estoque hasta el fondo: “aunque no esperaba yo otra cosa de tu buen discurso”.

Acabado el cuento de esa forma brutal, amo y escudero enfrentan la noche. El amanecer está lejano, Rocinante amarrado, Sancho muerto de miedo, sopla el viento, siguen los mazazos en la lejanía, mas las aventuras de esa larga velada aun no han terminado. Porque Cervantes no ha dado fondo a la comicidad de ese capítulo. Un par de puntadas más y el tejido del relato quedará perfecto.

Peor es meneallo

Acabada la tempestad colérica de don Quijote por el cuento en que Sancho le toma el pelo, inicia otra. Y esta otra es cosa seria. Porque, cegados por la oscuridad, atemorizados por el ruido de los mazazos en el horizonte, que se añaden a los naturales del bosque que nunca duerme, al persistente y eterno ruido del agua que cae en catarata a lo lejos, siervo y amo están pegados uno al otro, aunque mejor se dijera que es el siervo quien se ha abrazado a la pierna del amo, escultura barroca que solo podemos imaginar, porque apenas llegue el alba se disolverá.

La otra tempestad se da en las tripas de Sancho, que por motivos inútiles de indagar, comienza a sentir la “voluntad y deseo de hacer lo que otro no podía hacer por él”, dice Cervantes con conocido eufemismo. Hay retos, en la literatura, que muy poco se atreven a enfrentar, y esta cobardía estética los hace evitar el enfrentamiento, como el cobarde que, con tal de no azuzar a un gigantón, dice: “no me voy a ensuciar las manos con este pelagatos”. Digámoslo así: muy pocos héroes literarios o cinematográficos van al baño.

Cervantes está por aceptar el reto de contar lo que nadie cuenta, y aquí la maestría del narrador y la elegancia del hombre justifican la fama de su obra. Por los tiempos en los que escribe mas también por una natural delicadeza, el narrador será maestro de eufemismo, y mostrará que se puede contar todo sin contarlo todo: realismo sí, pero cortés y civil, lejos de la grosería de un léxico que no desconoce las palabras precisas para cada acto de la vida.

 

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Le vienen, pues, estas tales ganas a Sancho, quien, temeroso de las cóleras de su patrón, en lugar de apartarse como convenía a la circunstancia y necesidad, decide hacerlo en silencio. Desata el cordón que ataba sus calzones, los cuales, por ley de gravedad, descienden y dejan libres las posaderas (el italiano cuenta con idéntica equivalencia: llama con el verbo sedere (sentarse) a lo que sirve para sentarse). Libre ya de impedimentos, Sancho se da cuenta, con horror, que no logrará hacer lo que quiere, puede y debe sin ruido, y un primer intento hace llegar a don Quijote extravagante sonoridad. “¿Qué rumor es ese?” exclama el insomne caballero. Sancho le responde que quién sabe, y no sin ironía, añade que será alguna nueva aventura de las que siempre los acosan.

El segundo intento acaece sin ruidos y Sancho, dice Cervantes con garbo de caballero, “se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado”. Dejo al lector el asombro o la admiración al descubrir que no se puede prohibir al lenguaje decir las cosas; siempre hay una forma de decirlas, y el artista las dice mejor que cualquiera. Ahora bien, Sancho no ha hecho la cuenta con el delicado olfato de su amo. Y los vapores del delito ascienden hasta las narices de don Quijote, quien, presto, como cualquier mortal, se las tapa, y gangoso, dice: “Paréceme Sancho que tienes mucho miedo”. Sancho, fingiendo una ingenuidad que no le conocemos, está de acuerdo. Sí, tiene mucho miedo, acepta, y, con mayor falsa ingenuidad pregunta a don Quijote en qué lo nota. Y aquí Cervantes pone en boca de don Quijote una de las frases que ahora dicen todos: “En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar”.

¿Podía callar Sancho ante esta contundente frase de su amo? No, por Dios, porque ya hemos notado que es criado respondón. No tengo yo la culpa, dice, sino usted por andarme llevando a deshoras por lugares desconocidos. Siempre con la nariz tapada, hay que imaginar la voz constipada de don Quijote, que ordena a Sancho alejarse de él y con severidad, regañarlo porque no tiene respeto de sí ni de su amo, y atribuye este exceso de confianza a la mucha conversación que le ha dado. ¿Calla Sancho ante el irreprochable regaño de don Quijote? Ni por sueño. Todavía tiene el descaro de decir: “Apostaré que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi persona alguna cosa que no deba”. Y aquí don Quijote le deja caer un bloque de cemento que sellará la conversación: “Peor es meneallo, amigo Sancho”, le dice, y con esto, regala al idioma otra locución que ha quedado para siempre inscrita en nuestra memoria, y que muchas veces repetimos para frenar una conversación que resbala por terrenos peligrosos. La vasta ignorancia no ignora que esta frase (con otras de la obra) viene de algún refrán o de algún cuento. Mas una cosa es cierta: después que la escribió Cervantes, entró de lleno en el idioma castellano, y con ella entró Sancho y hay quien la dice sin saber que está citando al Quijote.

No hay premio literario que pueda superar al inobjetable homenaje de que una frase nuestra pase al dominio de los hablantes de la lengua. Cervantes sufrió el denuesto de los escritores de su época, grandes genios que, con universal envidia de municipio le negaban talento y lugar en su pequeño olimpo. Pero a ninguno de ellos les fue dado ese honor vulgar y proletario, masivo e íntimo, de que muchas de sus frases pasaran al idioma, como si naturalmente pertenecieran a él.

Por fin el alba

Y llegamos a la conclusión del capítulo XX de la primera parte de Don Quijote. Llega por fin el alba, Sancho desamarra las patas de Rocinante, y al final descubren el origen del ruido que les ha amargado la noche. Se trata, banalmente, de un molino de batanes. Era una especie de rueda movida por el agua, que a su vez activaba, por la fuerza hidráulica, unos batanes o mazos que servían para despercudir la ropa.

Al descubrir que el origen del excesivo miedo era algo tan banal, Sancho tiene un gran ataque de risa, tan grande que contagia a don Quijote, y ambos no se pueden contener, al punto que Sancho debe aferrarse ambos lados del estómago, y entre risa y risa, resbala en su confianza, y comienza a imitar los discursos altisonantes del Caballero Andante. Lo hace tan bien, que no podemos dejar de notar cómo Sancho ha dado un salto intelectual, y que poco a poco se va asemejando a don Quijote. Falta mucho todavía, pero llegará el momento, cuando Sancho gobernará la Insula Barataria, en que dará muestra de que se ha contagiado totalmente de la sabiduría de su amo.

Falta mucho. Por ahora, la parodia de los discursos caballerescos no es más que una burla contra don Quijote, que deja de reír y se pone serio. Serio y furioso. Al punto que para frenar risas y chanzas, le asesta dos palos en la espalda al escudero. Asustado, Sancho atina a decir: “Sosiéguese, vuestra merced, que por Dios que me burlo”. El pobre quería decir que no era en serio, que no pretendía faltar el respeto de veras a su amo. La infeliz forma de decirlo enfurece más a don Quijote, que no tiene más remedio que recordar las distancias que hay entre ambos. O mejor pensado, recuerda una regla áurea de la autoridad: la mucha familiaridad entre jefe y subordinado arruina la relación. Por lo que propone restablecer las distancias, que comienzan por el diferente tratamiento de persona. De aquí en adelante, dice don Quijote, habrá menos confianza y menos charla, y ha de estar cada quien en su lugar. Ya veremos, luego, si te sabrás ganar la Insula que te tengo prometida.

Demás está decir que pronto don Quijote olvidará tan seria actitud y la afectuosa relación entre tan noble caballero y tan noble villano se irá acrecentando con el tiempo, hasta las lágrimas de Sancho el día de la muerte de don Alonso Quijano, el bueno. Por ahora, lo que ha terminado es el capítulo 20 de la primera parte. Y con esto, cerramos libro y año.


Por Dante Liano

2017-1-8

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