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El Acordeón

…Y si Dios quisiera bailar…

A pesar de que el ejemplo sea pobre, se puede estar de acuerdo con que el héroe épico mata al dragón y libera a la princesa, mientras el héroe de la ironía suelta al dragón y huye con la princesa o, incluso, puede que huya de la princesa.


Por Rogelio Salazar de León

¿Cómo deshacerse de aquel que al tomar la pluma también asume la seriedad…? ¿cómo alejarlo…? ¿cómo diferir el tedio de tenerlo cerca…?

La mayor parte o, al menos, buena parte de los escritores han vivido su vida fuera de las bibliotecas, así como la mayor parte de los pintores han vivido la suya fuera de los museos; ni Shakespeare ni Cervantes fueron personajes solemnes, enfáticos o inflados, lo suyo fue el apuro, el agobio, el evento, más el saldo que el capital, más la risa que el ceño fruncido, más la aventura que la planificación, más el hambre que la barriga llena, más el vino que el pan.

Quien hace reír, tal vez resulta más convincente que quien hace pensar.

Desde los lejanos días de la Grecia Clásica, los escritores de entonces, los autores de tragedias y comedias, aprovechaban los festivales primaverales (carnavalescos diríamos hoy)  dedicados a Dionisos, que para más datos era el Dios de la ebriedad y el vino, para ironizar condenando al tirano, satirizando al oscuro filósofo, cuestionando el dominio masculino, mofándose de los usos sentimentales y convirtiendo a la estirpe de los Dioses olímpicos en una familia disfuncional y promiscua.

El hecho es que llevamos siglos de leer la vida de acuerdo con la norma, con el código, con el molde y, cómo no, con el poder, esta es una óptica implantada y que, de tan asumida ha dejado de percibirse, o bien se ha hecho visible sólo para algunos dotados de cierta agudeza, de cierta picardía, de cierto filo.

Puede decirse, aunque de antemano se sepa que esto sabe a insípido y no logra decirlo todo, que la ironía consigue desplazar e, incluso malversar algunos de los elementos que participan en la norma; su escenografía y sus decorados permiten desmontar la norma y, por ello mismo dan el chance de emprender otros movimientos aventurados.

A pesar de que el ejemplo sea pobre, se puede estar de acuerdo con que el héroe épico mata al dragón y libera a la princesa, mientras el héroe de la ironía suelta al dragón y huye con la princesa o, incluso, puede que huya de la princesa, quizá porque la travesura o la cobardía pueden ser un desfogue más sabroso que la obligación de la valentía, sobre todo si en la conversación, siempre pendiente, con uno mismo se es capaz de revelaciones confesionales; la valentía mantenida nos convierte en algo como el mármol frío, tieso y predecible, al tiempo que la autoconfesión nos mantiene de carne, a veces trémula y a veces no tanto.

Hector Hugh Munro, más conocido por el pseudónimo Saki, estuvo muy enterado y dispuesto a ejercer los artificios y malabares de este intuitivo oficio de la ironía.

Algunos datos biográficos tal vez puedan ayudar a entender quien fue y quien llegó a ser como súbdito del gran imperio de la época: hijo de ingleses nacido en Birmania en 1870, al morir su madre, dos años después, es enviado a Devonshire, Inglaterra al cuidado de dos tía solteronas, ignorantes, amargadas y, al parecer, hasta crueles, esta severidad lo hizo temer el mundo de los adultos, pronto en su juventud estudia humanidades en Exmouth y Bedford, tal vez Oxford o Cambridge lo hubieran aburrido por tantas buenas maneras, al volver su padre cuando él ya creció, lo lleva a Europa, es decir al continente, ese aire lo alterna con el aprendizaje de la lengua francesa y la alemana, después de un corto paso por el oficio de policía deviene en periodista, en donde se puede fantasear con que el encuentro con el lenguaje es feliz para el lenguaje y también para él, esto sucede a partir de 1895, y desde 1899 sus libros se suceden en una secuencia creciente y cada vez más sorprendente, hasta llegar a cincelar un estilo a la vez rico y económico, a la vez decorado y despojado, a la vez elegante y juguetón; después de enrolarse como voluntario en el ejército muere en acción al participar en la Primera Guerra Mundial durante el otoño de 1916, justo hace cien años, en algún lugar de Francia, en su calidad de sargento de los Fusileros Reales de su Majestad Británica.

Como siempre y en casi todos los ámbitos, hay una ironía más explícita que otra, ésta puede ser culta e ínter-textual y estar dirigida al exquisito y al gourmandisse, pero también puede haber otra clase de ironía que se aleje de este territorio para abarcar un campo más amplio; tal vez sirva de algo decir que si nos alejamos de la risa franca por vía del refinamiento, cada vez más nos vamos recluyendo en una región de mayor exclusividad y sutileza.

La ironía de Saki está tan destilada y tan en estado puro que resulta muy difícil decidir a cuál de los dos ámbitos pertenece; leyéndolo, a veces resulta complicado retener la risa, y a veces se necesitan muchos peldaños para alcanzar las elevaciones a que llega la levedad de su gracia.

Con un gesto irónico pintado en la cara, es un aprieto tratar de mantener la inocencia; pues bien este es otro de los logros decisivos y de las paradojas resueltas de forma impecable en los escritos de Saki, porque cuando hace uso de personajes niños, lo cual es muy frecuente, ellos sin perder una pizca de su inocencia son portadores y surtidores de una veraz carga irónica, sin que nada parezca forzado.

Después de todo pareciera que la ironía en Saki no es reducida a una herramienta para servirse de ella, sino más bien y, a cambio, es el territorio, la única geografía en donde suceden sus pequeñas narraciones; como si toda la realidad, entendida como cultura o como civilización, fuese lo irónico y, por lo tanto no queda otra salida ni más remedio para el escritor que dar cuenta de esto.

Leer a Saki es como levantar una cortina y pasar tras ella para encontrarse allí, cifrado como ironía, un mundo más real que aquel que solemos ver, como lo es el escenario del teatro que da sentido al mundo una vez corrida la cortina; el libro como cortina y, una vez que el mundo serio ha sido desmontado, el texto como territorio ironizado y, por eso mismo, menos forzado y más real.

Ya sea provocado por desequilibrios o por inconformidades, optar por otro mundo o escenario supone la condición de negar este, claramente, aquí no es el sitio para asumir esto y llevarlo a sus últimas consecuencias, pero sí, al menos, para recuperar a alguien que ya ha sido referido, y que también propone otro mundo ironizado: Dionisos, el Dios Griego del alcohol, el desorden y la desproporción, y a propósito vale citar a Nietzsche, quien de él decía:

“…A veces, el Dios del bosque siente ganas de bailar…”.


2016-12-4

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