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El Acordeón

Elogio a la estupidez

Arturo Monterroso

Máquina del tiempo


Que sí va a construir el muro, reiteró Trump en Indianápolis hace unos días. Y John H. Richardson, el autor del artículo, Una humilde propuesta para nuestros tiempos, que comenté hace dos semanas, llegó a la conclusión de que no hay alternativa: hay que construir el muro. Más aún, dice, hay que ponerle una carretera arriba, como la de la Gran Muralla China; además de torres giratorias cada 100 yardas, detectores de movimiento, gimnasios para las tropas (para que se mantengan en forma) y, por último, cubrir todo de oro. “¡Qué hermoso que respondamos a tiempos difíciles con un proyecto grandioso, con un desmesurado nuevo sueño!”, exclama. ¿Sarcástico? Sí, sin duda. Quizá el escritor estadounidense quiso emular a Jonathan Swift, quien en 1729 publicó un texto llamado A Modest Proposal (Una humilde propuesta), en el que sugería a los irlandeses pobres que se comieran a sus propios hijos, con el objetivo de que no fueran una carga para sus padres o para su país. Swift, quien había publicado tres años antes Los viajes de Gulliver, una obra maestra de la sátira, dice que un su conocido estadounidense, con quien había establecido relación en Londres, le había asegurado que un niño saludable y bien alimentado durante un año, es una completa, deliciosa y nutritiva comida, así se prepare guisada, asada, horneada o hervida.

Richardson no llega al nivel satírico de Swift. Además, se pone serio (o eso intenta) y escribe sandeces como que Trump les ha dado a los gringos el regalo de la claridad; que, para salvar la frontera, deben destruirla. ¿Todavía estamos en el territorio de la ironía fantástica o ya transitamos por la burda realidad? De acuerdo con el Director Editorial de Esquire, entrevistado al respecto por la MSNBC, las inferencias del escritor son serias: de acuerdo con la opinión de la gente con que habló, hay que construir el muro. El problema es que esa “conclusión” está entresacada de opiniones dispersas, recogidas solo del lado norte de la frontera. Peor aún, lo que infiere proviene de un ejercicio aleatorio, errático y caprichoso; no es producto de una investigación científica, de un estudio sistemático. Además, quizá los estadounidenses que no viven cerca de la frontera sur, tengan algo que decir al respecto. Según Richardson, Trump promete construir unas mil millas de un muro de paneles de concreto de entre 10 y 12 metros de altura y, quizá, hasta de 27; una pared desmesurada que los imaginativos diseñadores de Eevolver (que se dedican, entre otras cosas, a crear monstruos, como los de (Skinhole, Matador Films, The Freak Show Begins) ilustraron para la Esquire, como producto de un mundo distópico y decadente; una señal inequívoca de que los grandes imperios caen por su propio peso. El muro de Berlín es una ridiculez, considerando que no llegó a medir más allá de cuatro metros de altura.

Promesas de cercar ese territorio escamoteado a otras gentes ha habido antes. Según Richardson, George W. Bush prometió construir una tremenda valla de doble pared a lo largo de 700 millas, pero solo construyó 32; una valla que los narcos, los contrabandistas y los coyotes atacaron sin piedad para abrir boquetes y construir túneles. Pero hay que pensar, sobre todo, en las personas que huyen del hambre en sus países y van a buscar trabajo. ¿El sueño americano? ¿Qué es eso? No hay que confundir necesidades con clichés. “El muro de Trump es un manifiesto en una sola palabra —le dijo al enviado de Esquire un patrullero de la frontera. Y agregó—: Una buena cerca contribuye a una buena vecindad”. Esta misma frase aparece en un poema de Robert Frost, escrito en 1914, cuyo título es Mending Wall. Pero la interpretación del poeta de San Francisco es diferente. Y los primeros versos del poema dicen: “Hay algo despreciable en la idea de una pared; algo como una sorda condena subterránea”.


2016-12-4

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