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El Acordeón

Sueños de estos tiempos

Ana Maria Rodas

LA TELENOVELA


Aire frío y atardeceres extraordinarios. Ese es el mes de noviembre que tengo en la memoria. Barriletes que hacíamos bajo los expertos consejos del tío Ricardo en la casa de los abuelos, que por aquel tiempo era una de las pocas casas de aquel barrio que —ahora zona 9— se llamaba Tívoli.

La 7a. avenida—que justo al llegar a la calle de Pamplona topaba con un monumento que, dicen, los indígenas guatemaltecos le ofrendaron al dictador Ubico— no tenía más que algunas casas. Eso sí, grandes. Algunas, de ciertas ínfulas, de dos pisos.

Pero alrededor de lo que siempre hemos llamado Plazuela España — porque es apenas un redondel coronado por la Fuente de Carlos III, cuyos planos, hermosos y coloreados con precisión, vi hace algún tiempo en el Archivo de Indias— lo que se veía eran vacas pastando tranquilas en prados donde se les hundían las patas al menos dos cuartas.

La actual zona 9 era, cuando la conocí, el terreno más pantanoso de la ciudad mesurada y serena de mi niñez. Y aquellos barriletes que construíamos en la mesa del segundo patio —cañas, papel de china, cáñamo, trozos de tela, engrudo— paraban casi siempre entre los humedales cercanos a las vías del ferrocarril. Hasta allí nos íbamos porque eran áreas más altas, sin lodazales profundos. Pero ahí acababan.

Nos consolábamos viendo las puestas de sol y caminábamos hacia la casa de los abuelos, mientras los naranjas y rojos del firmamento daban paso a cielos grises que pronto se fundían en varios tonos de violeta antes de transformarse en terciopelo azul sembrado de estrellas.

Nuestros barriletes eran diminutos y sencillos remedos de los que los días 1 y 2 de noviembre se alzaban gloriosos sobre las tumbas salpicadas de flores de muerto en Santiago Sacatepéquez, a donde llegábamos por veredas polvorientas que se apartaban del camino principal.  Los vivos se comunicaban con los espíritus de los muertos y escasísimos ladinos llegábamos a tan formal ceremonia.

Los libros me apartaron pronto de la hechura de aquellos papalotes. Y con el correr de los años los barriletes le dieron entrada a la escritura. Muchas cosas pasaron entre ambas formas de estar en el mundo. La niña se hizo mujer, tuvo amores, hijas, desencantos. Con las niñas recorrimos el país y por supuesto, el Día de Difuntos íbamos a San Juan Sacatepéquez a comer y beber, después que el sol se había ocultado tras las montañas, con aquellas personas que les llevaban alimento a sus antepasados.

Conservé, de los juegos de la infancia, el gusto por alzar un árbol de Navidad en la sala. Al principio eran pinabetes, como los que adornaban mi madre y mi tío Aurelio, pero a su debido tiempo cambiamos aquel olor que aún tenemos en la memoria por árboles artificiales.

Mis hijas se fueron de casa a su tiempo y tengo unos nietos maravillosos. En Nochebuena cenamos todos entre la bulla normal de esos eventos.  Durante algunos años, María Cristina ha organizado puntualmente lo que nombró Olimpiadas Navideñas que le agregaron mucho placer a las celebraciones pascuales.

No acostumbramos a regalar cosas ostentosas. Lo aparatoso no cabe en nuestra vida, francamente.

Y así como cuando llega mi cumpleaños comienzo a pensar en Navidad, al llegar estas fechas empiezo a pensar en ir al Festival de Poesía de Granada, en Nicaragua.

No es que me desprenda de los festejos familiares. Tampoco dejo de celebrar mi cumpleaños pensando en Navidades.

Es que en cuanto el año da la vuelta, cuando termina para caer como por arte de magia en el punto en que comienza, dentro de mí surge una serie de imágenes de la gente querida que vive en Nicaragua.

Algunos de quienes se metieron de lleno en los ríos y mares de la poesía —casi podría jurar que en aquel país todos son poetas— y a quienes conocí hace ya hace suficientes años como para tenerlos prendidos a mi corazón, organizaron uno de los festivales poéticos más importantes de América Latina.

Así, en vez de pensar que falta casi un año para que sea Navidad de nuevo, me ilusiona subirme a un avión que en una hora me deposita en Managua. Otra hora por tierra me deja una ciudad mágica a orillas del lago Cocibolca donde por una semana soy poeta y nada más.


2016-11-27

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