logoep

Domingo 26 DE Febrero DE 2017

BUSCAR EDICIÓN

cal
facebook twitter rss rss rss rss

There are two ways to buy Viagra: Viagra for sale by going to the common pharmacy or online. levitra for sale seriously helps in availability of brand levitra.
El Acordeón

Fuera de límites

Fuera de límites (La guía de Oklahoma para el teatro de aficionados en Guatemala), es el título del volumen uno de las memorias de Dick Smith. Actor, director, escritor, caricaturista, este estadounidense emigrado a Guatemala en 1961 fue uno de los protagonistas de la llamada Época de Oro del teatro guatemalteco en la década de los setenta y uno de los promotores culturales más activos del país. Ofrecemos la traducción de un fragmento del libro, el capítulo VIII, titulado La hora del té.


Por Dick Smith

“Caballeros, aquí no se pelea. Esta es la Sala de Planificación de Guerras”. Doctor Strangelove.

Es típico de la extraña naturaleza de la política en Guatemala que antes del cambio de dirección de la campaña presidencial de 1985, cuando el país era aún una banana republic y todavía no una fortaleza de narcos y virreyes de la ONU, muchos de los más resueltos agentes de cambio decidieron obrar con miras políticas a través de un nuevo medio –el teatro de aficionados.

Probablemente la economía tenía mucho que ver con ello. Anunciarse en la tele y los diarios es caro, pero los aspirantes a ser actores apenas esperaban más a ser elegidos para el reparto que a recibir paga. Ciertamente parte del asunto era un desdén arrogante por cualquier cosa gringa, así como la relativa libertad para denunciar agresivamente al Gobierno en arenas que aburrían a los miembros de la Mano Blanca y que raramente los inspiraban a formar parte de la audiencia. Cualquiera que haya sido la razón, este nuevo enfoque resultó ser maravilloso para el teatro guatemalteco, y en muchas e incalculables maneras, contribuyó al nacimiento del cambio político.

Justo cuando mi vida empezó a girar alrededor del teatro –a finales de los sesenta e inicio de los setenta–, la novedad de la politización desde las tablas guatemaltecas y de ponerles teatralmente cascabeles a los Grandes Gatos hacía furor. Se producían hasta 90 obras al año en los pequeños teatros de la ciudad de Guatemala, durante una década que terminó con el terremoto del 76. Muchas de estas obras eran originales; casi todas, inspiradas políticamente. Jóvenes, hombres y mujeres, iconoclastas escribían y se apropiaban de temas antiélite, tan rápidamente como podían montarse. Una impresionante afinidad enlazaba artistas de todas las disciplinas. Pintores, bailarines, compositores, actores, cantantes, músicos y escritores guatemaltecos unidos como nunca antes o desde entonces. La idea de la transformación social efectuada por medio de las artes le daba no poca dignidad a sus vidas y, a menudo, transformaba sus pequeños escenarios en capillas frecuentadas con fervor. Una decidida mujer de gran aplomo, Eunice Lima, dirigía el departamento gubernamental que tenía que ver con las artes, y aparentemente logró convencer a una sucesión de presidentes militares que tener a actores y artistas disintiendo públicamente, desde pequeños teatros y grandes marcos de pintura, era mejor política que el fisgoneo y la brutalidad gubernamental. Uno puede solo imaginarse las discusiones de Gabinete que esta postura debió haber provocado pero, por sobre todo, (probablemente debido a la indiferencia básica del Gobierno hacia los artistas y a que tenía las manos llenas desbaratando a la guerrilla en el interior) Eunice Lima generalmente logró promulgar la tolerancia a artistas impetuosos, ayudó a impulsar la construcción de un Teatro Nacional extraordinario y hasta inauguró ambiciosos festivales culturales en medio del caos de uno de los más amañados campos de batalla de la Guerra Fría.

En el área del teatro, sin embargo, los participantes usualmente deben ser más explícitos que en otras artes, y había no poco nerviosismo al decir algunas líneas directas del dramaturgo desde el escenario. Muchos directores también se preocupaban con perplejidad cómo criticar severamente a la elite, mientras al mismo tiempo se quejaban por su falta de patrocinio. También estallaban venenosas discusiones sobre derechos de autor y jerarquía. Era una escena confusa. Pero mucha gente de teatro apuntaba hacia su blanco político y no se distraía por los riesgos y lo meramente oportunista. Hablaban y escribían con valentía; con frecuencia aparentemente con demasiada valentía. Pero visto desde cualquier ángulo, la suma del trabajo teatral que se montó durante este tiempo fue impresionante. Después de un breve lapso en aquellos años de terremotos de las setenta, el fascinante espíritu de este periodo resucitó abruptamente en comedias que acosaban a gente notoria por su impunidad, y luego continuó alegremente, pasado el milenio, combinando teatro con cenas, mientras se efectuaba una conversión de época en el teatro guatemalteco, de galante aficionado a económicamente profesional. Para aquellos artistas que pudieron ponerle un giro cómico a la protesta política, la taquilla respondió de forma tan espléndida que los pioneros del género pudieron haberse preguntado si supercómicos como Mónica Sarmientos y Rafael Pineda, Celia Recinos y Josué Morales, y dramaturgos prodigio como Jorge Ramírez y Douglas González no estaban satirizando una de las nociones más sagradas de la Guerra Fría: que de alguna manera un buen flujo de caja es obsceno.

 

acordeon

cortesía > Cecilia Cobar

 

Pero de vuelta a los sesenta y setenta…

Esos fueron los tiempos en que los dramaturgos traspasaron los límites que los periodistas vacilaron en atravesar.

Esos fueron los tiempos que evocaron lo mejor y lo más ridículo en todos nosotros, sin que importara si estábamos conscientemente involucrados en la política o no.

Experimentar con nuevos conceptos (es decir, redescubrir el avant-garde) estaba especialmente en boga en Guatemala. Los actores empezaron a retorcerse como bailarines modernos y los bailarines empezaron a fingir ser robots. Los pintores estudiaban no cómo imitar la luz, sino más bien cómo reactivar el soplete de George Grosz. Extraños y nerviosos sonidos mal conectados venían de la Sinfónica. En la jerigonza dadaísta, los actores guatemaltecos se toparon con una herramienta bastante útil: pudieron expresar ideas peligrosas más o menos con seguridad: sin importar que sus audiencias más fieles estuvieran tan desconcertadas como los orejas del Gobierno con ese farfullar irracional.

Mientras tanto, los pocos que nos quedamos “fuera de la onda” –más apropiadamente, mi ser gringo– de pronto encontramos que era imposible poner en escena dramas convencionales sin que, hasta a eso, se le pusiera una interpretación política.

¿No eran mis producciones políticamente inocuas?

¡No! Eran insidiosos intentos de corromper a los guatemaltecos con oropel y trivialidades.

Tiempos emocionantes. La actitud de todos parecía importante.

Aún los más pulcros sectores de la elite guatemalteca se vieron afectados. Plagados por secuestros, ya no eran meramente apáticos sobre los usos que al teatro le estaban dando: eran absolutamente hostiles. Esto tenía que preocuparme, ya que, por medio del Patronato de Bellas Artes, me estaba involucrando fuertemente en tocar puertas de alto nivel para elevar las audiencias de todos los grupos de teatro.

Pero no importaba. Era precisamente la politización del teatro lo que estaba atrayendo a más y más gente a pequeñas salas a ver producciones en vivo, en vez de ir por costumbre a roncar a los cines los domingos por la noche, a ver una película poco relevante para la vida en Guatemala. Estos recién llegados al teatro eventualmente evolucionaron en grandes públicos que llevaron a muchas obras escritas localmente más allá de las cien presentaciones –un equivalente cultural a superar la milla en cuatro minutos. El creciente apetito por el teatro en vivo le permitiría a algunos actores y directores empezar a pensar en ellos mismos como profesionales– empezar a pensar en el teatro como un lugar para ganarse la vida, tanto como para cambiar al mundo. A veces de tepocates tan revolucionarios salen ranas tan reaccionarias. Pero no todavía.

Tan aficionado como pudo haber sido, por varias tensas décadas –digamos hasta principios de los noventa– el teatro guatemalteco fue profundamente pertinente al examen de conciencia de la comunidad: la condición sine qua non de cualquier actividad artística que se considere arte.

El teatro guatemalteco estaba vivo en aquellos días.

 

Traducción de Fidel Celada, revisada y autorizada por el autor.


2016-11-20

Noticias relacionadas
COMENTARIOS
Reglas para comentar en el foro

Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente. Se prohíben mensajes que contengan:

  • Ataques personales, insultos, acusaciones o faltas de respeto
  • Mensajes incoherentes, sin objeto alguno o comerciales
  • Mensajes con spam, lenguaje sms o escrito todo en mayúsculas
  • Mensajes con contenido racista, sexista, o cualquiera que discrimine

  • Mensajes de contenido pornográfico
  • Piratería, o mensajes que permitan el uso ilícito de material con derechos de autor
  • Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.

    Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.


    Agregar su comentario



    OPINION

  • Suscripciones: (502) 2427-2323 /

    [email protected]

    (502) 2427-2323

    Ventas y Publicidad:

    (502) 2427-2332 y 33

    [email protected]

  • PORTADA

    ELPELADERO

    PAÍS

    ECONOMÍA

    OPINIÓN

    INTERNACIONAL

    DEPORTES

    DOMINGO

  • Marca Registrada © Aldea Global, S.A. (elPeriódico)

    AYUDA

    NUESTRA REDACCIÓN

    CONTACTO

    AVISO LEGAL

    15 avenida 24-51 zona 13, Guatemala, Guatemala PBX: (502) 2427-2300