Domingo 13 Noviembre 2016
El Acordeón

“Knockin’ on heaven’s door”

Desde que Platón (siendo un virtuoso de la palabra) desterró a los poetas en los libros tercero y décimo de su República, la poesía ha sido, sino acusada de patética, ridícula o inútil, sí acusada de atrevida, desprovista o peligrosa.


Por Rogelio Salazar de León

Nacer en Norteamérica en la década de los cuarenta del siglo anterior significa lo obvio: ser hijo de quienes habían nacido en los diez o en los veinte, y lo no tan obvio: ser hijo o descendiente de los triunfadores de la primera y la segunda guerras mundiales; y no es que todo fuese su discurso triunfalista (tampoco hay que ser tan injustos), pero sí la cultura del bienestar y del suburbio que habían proyectado, diseñado y creado; ante todo, una cultura segura de sí, como la que pudo haber impreso a sus hijos un personaje como Joseph Kennedy, o como la que los propios chicos Kennedy pudieron desear para sus hijos; pero el hecho es que no todos asumen las cosas de las misma forma.

Bob Dylan es de Minnesota, uno de los confines nórdicos de los Estados Unidos, él debió viajar al Village de Nueva York para encontrar su aire y, una vez allí hallar a gente como Peter Seeger quienes fueron, sino capaces de enseñarle algo, sí de mostrarle el camino y de afinarle el oído como para saber que, mientras sopla el viento (blowing the wind), algunas verdades pueden ser oídas y algunas verdades predicadas a contracorriente del triunfalismo adoptado como la voz oficial de los padres y los abuelos.

Dylan pertenece a una generación de jóvenes norteamericanos criados en la atmósfera de una riqueza creciente y en la banalidad de las tendencias mayoritarias de la mediocridad del suburbio, como los electrodomésticos, como el Ford o el Chevrolet, el American o el General Motors último modelo y, en fin, como el todo para estrenar y desechar; ellos fueron quienes comenzaron con todo lo que hoy es plaga: la moda del
shopping y el mall desde la más temprana adolescencia hasta la más senil vejez.

Seguramente, esos hábitos del triunfalismo norteamericano, para algunos, funcionaron como su propio verdugo y llevaron a una juventud lúcida o, cuando menos, inquieta y curiosa a una rebeldía saludable matizada de la disonancia del rock’n roll, a un estilo escandaloso de melena al viento, a una utopía lejana como la paz y el amor, y a la estridencia de una guerra sin buenos ni malos como la guerra del Vietnam; en suma, a una época en la que ya nada o pocas cosas son lo que parecen, a una época en la que ya nada o pocas cosas responden a su nombre; y la verdad es que, cuesta mucho imaginar mejor motivación para la poesía que aquella de que los nombres ya no puedan dar cuenta de las cosas que supuestamente representan.

A ese punto es al que llega Robert Allen Zimmerman al arribar al Village neoyorkino, justamente, ese es el escenario en que el tema se hace evidente: el de que las cosas ya no responden a la palabra que las nombra, es entonces cuando el chico de Minnesota deviene en Bob Dylan, es decir en poeta.

Poder nombrar las cosas desde la poesía, bien podría entenderse como ocupar un último horizonte, como una ubicación en una suerte de borde del mundo; tal vez por eso es tan difícil e inevitable escribir poesía, tal vez por eso la poesía es como una acrobacia que impone un salto, como el salto mortal, hacia una zona de falta de seguridad, hacia una zona de algo que debe hacerse como una necesidad, pero eso sí, con el mayor de los esfuerzos.

De modo que quien se decide o se ve forzado a escribir poesía se ve volcado hacia algo parecido a una contradicción, porque es algo irrenunciable, necesario y forzoso pero, a la vez, es algo de difícil acceso, de escasa posibilidad y muy remoto.

La verdad es que a los poetas no siempre les ha ido bien, al contrario, casi siempre les ha ido mal, desde que Platón (siendo un virtuoso de la palabra) desterró a los poetas en los libros tercero y décimo de su República, la poesía ha sido, sino acusada de patética, ridícula o inútil, sí acusada de atrevida, desprovista o peligrosa.

Todas estas graves acusaciones, francamente, no es que hayan sido formuladas sin fundamento, claro que desde quien se mueve en la privatización, en la producción o el mercado las cosas pueden tener sentido, desde lo que parece lo oficial o lo normal puede que haya sentido para lanzarlas; y es que finalmente, qué puede pensarse de alguien que emprende la preparación anticipada de un efecto mediante el pensamiento, pero no solo del pensamiento, sino también de algo que reside en un sitio más profano, tal cual puede serlo el procedimiento; y todo para administrar, conseguir y ejercer algún dominio sobre objetos tan imposibles como el deseo o la ilusión.

Como si el poeta fuese alguien obsesionado con oponerse con todas sus fuerzas al absolutismo de la realidad, solo para hacer brillar un absolutismo de la imaginación; y desde ahí nombrar las cosas o, mejor aún, dar a las cosas un nombre que sí calce y sea merecido, lo cual nos hace regresar o volver al núcleo de las cosas porque, aunque resulte riesgoso decirlo (sabiendo que el núcleo de las cosas puede cambiar), la poesía es una palabra que se reconcentra en el núcleo de las cosas.

La poesía es como un conjuro, como una palabra que se pronuncia para ahuyentar algo que huele mal o sabe mal: un maleficio (y no siempre se ha querido ahuyentar lo mismo); y lo más arcaico que el hombre ha querido alejar es el miedo, a veces ha sido el miedo a lo desconocido, pero a veces el peor de los miedos se siente ante lo conocido, frente a lo que se conoce y se deplora o se detesta: es preciso olvidar el nombre viejo, la palabra usada, desgastada y devaluada (como la ley, por ejemplo), es preciso olvidar el nombre viejo y odiado para refundarlo.

Si algo es innombrable por el miedo, fobia o desprecio que provoca, clama por la velocidad de la poesía, para dar cuenta de ello de nuevo.

Ahora bien, si se hace un alto y se piensan las cosas, si se tratan de entender los mecanismos de la poesía se verá que su dispositivo es divino: dar nombre a las cosas es un atributo de Dios (Dios crea las cosas con solo nombrarlas, como el poeta, hágase era su verbo); la poesía es como lanzar una flecha capaz de alcanzar las cosas, de dar en su centro o núcleo, así sea solo mientras tanto y por un momento; y lograr esto es como llegar a tocar la puerta de cielo; porque, bien entendidas las cosas ¿qué otra cosa ha querido el hombre desde la plenitud de su vida hasta la hora de su muerte, sino tocar la puerta del cielo…?

Cuando la muerte nos conduce irremediablemente a la deriva y al miedo del último umbral, o bien, sin llegar a extremos tan dramáticos, cuando nos sentimos atrapados por un sistema llamado liberal que nos ha convertido en una masa tirada en la cuneta, relegada, homogénea, informe o deforme que solo existe  porque está presente frente a una oferta infinita de bienes que casi en su totalidad son todo lo contrario, es decir basura; lo único que podemos desear es KNOCK, KNOCK, KNOCKIN’ ON HEAVEN’S DOOR, y si con eso de paso se consigue un premio Nobel, qué bien.

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