Domingo 12 Marzo 2017
Domingo

El secuestro (y homicidio) que aterra a Los Ajvix

Óscar Top Cotzajay y Daniel Xiquín Top iban a la escuela cuando un picop negro les ofreció llevarlos. Desde la palangana del vehículo dieron una última mirada a sus casas. Los dos amigos estaban siendo secuestrados. Ese viernes 10 de febrero cambió para siempre la vida cotidiana del caserío Los Ajvix, de la aldea Cerro Alto, San Juan Sacatepéquez. La comunidad y sus familias atraviesan hoy el duelo desde el miedo.

Fotografías de Alex Cruz > elPeriódico Por: Juan D. Oquendo [email protected]

Una llamada al celular interrumpió los pensamientos de María Cotzajay, en un viernes que transcurría con normalidad. La voz de una mujer le dijo que tenían a su hijo secuestrado, y que si lo quería ver vivo tenía que darles un millón de quetzales.

–Solo quiero que me pasés a mi hijo. No tenemos dinero –dijo María de manera casi imperceptible. Ella apenas sobrevive con la remesa que envía su esposo desde EE. UU.

–También tengo al hijo de Maximiliano –la voz del otro lado se cortó.

Sus grandes ojos vieron hacia la calle. Eran las doce del mediodía y aún faltaba media hora para que Óscar y Daniel terminaran sus clases. María salió descalza de su casa, una construcción de tres habitaciones, con unas gradas que conducen a un segundo nivel que nunca se completó. Pisó el polvo de una de las cuatro calles principales que conforman el caserío Los Ajvix, de la aldea Cerro Alto, en San Juan Sacatepéquez.

Al frente estaba la casa de bloc expuesto, techo de lámina y dos habitaciones de Maximiliano Xiquín, que se dedica a cuidar una granja como único medio de sustento económico. Tocó la puerta para decir que tenían secuestrados a Óscar y Daniel. Decidieron llamar al 110 de la Policía Nacional Civil (PNC). Según el reporte policial, la Comisaría 16 recibió la alerta y se asignó a un inspector que tardó dos horas en recorrer los 27 kilómetros desde la Plaza Florida, en la zona 19 de la ciudad de Guatemala, a la aldea Cerro Alto, “por ser retirado y el camino de terracería”.

 

 

Las familias Xiquín Top y Top Cotzajay estaban fuera de sí. Las llamadas seguían, aunque con cada una el monto solicitado empezó a disminuir hasta llegar a los Q200 mil. El caso se tomó como un secuestro desde el principio. Se avisó al comando antisecuestro de la PNC, que tardó seis horas en llegar a las casas de Óscar y Daniel. Era de noche cuando comenzaron las negociaciones con los secuestradores.

El domingo por la mañana, dos costales aparecieron en el kilómetro 33 de la carretera que va hacia la aldea Cruz Blanca, entre San Raymundo y San Juan Sacatepéquez. Adentro, dos niños, amarrados de manos y pies. Eran Óscar y Daniel. Viajaron juntos, ya sin vida, hacia la morgue, para que el Instituto Nacional de Ciencias Forenses (Inacif) los evaluara. La causa de la muerte: heridas producidas por arma blanca. Fueron reconocidos por sus madres, entre las señales de tortura que los asesinos dejaron sobre los cuerpos.

La última vez que los amigos salieron de sus casas fue un martes, pero en vez de llevar mochilas, ellos eran llevados en sus ataúdes. En vez de ir a la escuela, iban al cementerio de su aldea. Esa fue la última vez que estuvieron con sus mamás. Ese martes era un Día del Cariño que no pudieron celebrar.

 

 

El viaje en el picop negro

Óscar salió hacia la calle. Sus zapatos pasaron del concreto de su casa a la tierra y el polvo. Había desayunado frijoles parados y se sentía bien. El año comenzaba y estaba emocionado por ir a la escuela. Cuarto primaria era un reto más para él, que se dedicaba a hacer sus tareas con la mayor antelación posible. Tenía 11 años y era el hermano más pequeño de los tres hijos de la familia Top Cotzajay. A los pocos minutos, salió Daniel de la casa de enfrente. Recién se había terminado su obligatoria taza de café como cada mañana.

El ritual era el mismo de todos los días. Se saludaban chocando las palmas en un aplauso que se perdía entre el caserío Los Ajvix. Daniel iba un grado abajo, en tercero. A sus nueve años era el hermano mayor de los Xiquín Top. La inclinación de la calle terrosa, los obligaba a dar pasos lentos cuando recorrían juntos los 849 metros desde sus casas hacia la escuela.

En el camino conversaban de fútbol, de las tareas, de sus amigos, de las maestras, de sus familias, de sus anhelos, de sus esperanzas, de lo que querían ser cuando fueran grandes. Óscar pensaba ser sacerdote. No sabía por qué con exactitud, pero el misticismo de la iglesia le atraía sobremanera y trataba de ir cada vez que podía. Daniel era mucho más pragmático, quería aprender oficios para tener mejores trabajos e ingresos que su padre. Quizás aprender a soldar, para comenzar. Así se iban las mañanas entre Óscar y Daniel, hasta hace un mes.

Ese viernes 10 de febrero ambos subieron a un picop negro. El carro llevaba dos semanas de estar rondando en la comunidad, pero no causó ninguna alarma entre los vecinos. Eran poco más de las siete de la mañana cuando divisaron a Óscar y Daniel en la palangana del vehículo. Más adelante, un tercer niño intentó subir pero no pudo; el picop siguió su rumbo y en vez de cruzar a la derecha, hacia la escuela, salió de Los Ajvix.

María Cotzajay divaga un poco en su versión de lo que sucedió ese día, solo recuerda que un picop negro había dado jalón a Óscar y Daniel en la mañana. Sobre todo lo que sucedió después, prefiere no hablar, tiene miedo.

–Estoy amenazada de que si doy más información me van a agarrar.

Entre sus manos sostiene un volcán hecho de cemento que su hijo, Óscar, estaba preparando para la clase de ciencias naturales. Familiares la acompañan todo el día en la casa color aqua, producto de las remesas de su esposo, un migrante que regresó de EE. UU. el miércoles 15 de febrero, un día después del entierro de su hijo.

En la casa de enfrente una bicicleta y una pelota están en el suelo. Maximiliano Xiquín tampoco quiere hablar de lo sucedido. Apenas puede decir que tiene un horrible dolor en el corazón. Su esposa lo toma del brazo y con un movimiento de la cabeza le pide que ya no hable. Ellos, al igual que María Cotzajay, también tienen miedo. La fachada sostiene una moña blanca que el viento empuja de vez en cuando.

El regreso de las rondas

Cruz Juárez recuerda que hace diez años Cerro Alto era muy diferente. La casa del presidente del Consejo Comunitario de Desarrollo (Cocode) está a pocos metros de la entrada a la comunidad. El Consejo y la escuela son las únicas muestras de que el Estado está presente en el área. Y aunque no tiene el dato exacto, calcula que habitan 500 familias kaqchikeles en el pueblo, donde la producción de cohetes ocupa un 60 por ciento de la actividad económica, y el otro resto la agricultura y producción de canastos.

Óscar y Daniel nunca lo supieron, pero su caserío, Los Ajvix, era hace una década un lugar donde delinquían con regularidad. Boris Galván sí recuerda ese ambiente. Hace una década el coordinador de programas de la Comisión Nacional contra el Maltrato Infantil (Conacmi) llegó por primera vez a la aldea Cerro Alto como director de un proyecto que buscaba alejar a los niños de la elaboración de cohetes por el riesgo a sufrir quemaduras.

Galván se topó con una comunidad cuyo nivel de escolaridad no superaba la primaria. “Los jóvenes de Los Ajvix viajaban a la capital en busca de trabajo. Por lo regular se asentaban en el comercio informal. Algunos de ellos comenzaron a adoptar prácticas delictivas aprendidas en la ciudad que practicaron en Cerro Alto”. La aldea se convirtió en una ciudad dormitorio, donde los adolescentes salían temprano y regresaban solo a dormir, y donde la gente era asaltada con frecuencia.

Así fue como Cruz Juárez y otros miembros del Cocode decidieron crear “las rondas”. Habitantes de la comunidad controlaban quién entraba y salía, identificaban quiénes cometían crímenes y los expulsaban de la comunidad. La práctica se extendió en las aldeas de San Juan Sacatepéquez. Para Miguel Ángel López, director de la Comisión Nacional contra el Maltrato Infantil (Conacmi), “aunque el efecto de las rondas fue bueno en Cerro Alto, en otros puntos estos grupos armados han violentado los derechos de las personas, como el caso de una adolescente a quien le cortaron el pelo a machetazos el año pasado por haber tenido relaciones sexuales con uno de sus maestros”.

Óscar y Daniel iban a la escuela caminando, regresaban a sus casas caminando, salían a jugar en la tarde y no tenían miedo. Eso había logrado el Cocode con las rondas: un verdadero sentimiento de seguridad donde la comunidad protege a sus niños y niñas sin necesidad de blindarlos. Hoy el panorama es muy diferente. Cruz Juárez debe convocar a los habitantes de Cerro Alto para discutir las medidas a tomar, aunque adelanta que lo que pasó fue porque “nos tomamos confianza. Vamos hacer patrullaje por la noche otra vez”.

Cerro Alto ya no es el mismo. Hoy los padres y madres llegan preocupados a la Escuela Oficial Rural Mixta Los Ajvix. Es la jornada vespertina y las puertas están cerradas. Sandra Cortade llega y algunos niños ya esperan con sus mochilas al hombro a que la seño quite los candados. Ella es la directora de la tarde y cuando entra, los niños se escabullen hacia la cancha central. A los pocos minutos, Cortade reúne a los alumnos y les advierte: “protéjanse, busquen un amigo con quien ir siempre”, “alerten sobre cualquier cosa extraña”.

“Si un hombre me ofrece un dulce, tengo que gritar”. Una niña repite las indicaciones que le dio su mamá para cuando camine a la escuela. Niños mayores llevan a otros pequeños de la mano, pero dentro de la escuela todos parecen relajarse un poco. Todos, menos los padres de familia, que hacen un círculo en torno a Cortade y le exigen que termine las clases a las cuatro mejor, que es muy peligroso, que quizá mejor ya no manden a sus hijos. El miedo de las familias Top Cotzajay y Xiquín Top se regó en toda la aldea.

Moñas blancas en Cuarto B y Tercero A

Nadie vio las placas, nadie vio al conductor, nadie sabe qué pasó con el picop negro. Al menos eso dicen en la comunidad. Surgieron muchos rumores esa tarde. Que iban a lanzar una bomba en la escuela, que se llevarían a diez niños más… Mientras llegaba el comando antisecuestros, las maestras de Óscar y Daniel acompañaron a las familias, grabaron las conversaciones con los secuestradores e incluso pidieron ver en una ferretería a la entrada a la comunidad las grabaciones de la cámara para buscar imágenes del carro. A la fecha, ninguna de ellas quiere hablar por miedo.

“Estamos afectados desde la desaparición”. Con los ojos húmedos, Sandra Cortade evita derramar las lágrimas cuando tres niñas se acercan a preguntarle si comerán fideos hoy. “No, solo un huevo y un atol”; sentada en un escritorio para niños, en su oficina repleta de víveres y cajas de Incaparina y jugos, la directora de la jornada vespertina aún no se explica cómo pudo pasar algo así. Los niños entran a las aulas. Cuarto B y Tercero A tienen una moña blanca en las puertas.

Algunos, curiosos, llegan a las clases. Señalan hacia un cartel en el salón. Son fotos de los niños y los días que deben hacer la limpieza. En el grupo de los viernes, el niño alto a la derecha es Óscar. Tiene las cejas anchas y ralas. Ve hacia la cámara y esboza una sonrisa con los brazos cruzados. “Es él mirá”, le dice una niña a otra más pequeña. La maestra entra y repite la oración de Cortade antes de añadir como para sus adentros que “nunca en siete años de trabajar aquí había pasado algo así. ¿Por qué?”.

– La negociación no se cayó ni llegó al límite. De pronto solo aparecieron los niños muertos. Fue un desenlace fatal injustificado.

César Estrada, jefe de la Unidad contra Secuestros del Ministerio Público (MP) que realiza la persecución penal del caso, piensa que la idea del secuestro no era la causa real. Entre ambas familias apenas lograron reunir Q7 mil, mientras seguían las negociaciones. “A la familia le piden una cantidad de dinero que era imposible pagar. El trasfondo real era matarlos, y quizás aprovecharon la oportunidad para obtener dinero. ¿Quién? ¿Por qué? En eso vamos”.

Todo sucedió dentro de una comunidad con una entrada y salida para carros, caracterizada por velar quién entra y sale. “Vieron el picop pero se confiaron”, sentencia Cruz Juárez. Comienzan las clases en la escuela de Los Ajvix y los alumnos se sientan lejos de los escritorios de Óscar y Daniel. Ni siquiera en la misma fila. Unas flores blancas marchitas y veladoras con cera que goteó en el piso llenan el espacio vacío de sus pupitres.

Un país que devora a sus hijos

El viernes que no regresaron Óscar y Daniel, otros 17 menores de edad desaparecieron también en Guatemala, según el Sistema de Alerta Alba-Keneth (SAAK). Una alerta cuyo objetivo es dar celeridad a los procesos para buscar, resguardar y proteger a las víctimas de sustracción o desaparición, pero que se enfrenta a un promedio de 16 desapariciones diarias.

Sandra Cortade, la directora de la jornada vespertina de la escuela Los Ajvix, asegura que en el caso de Óscar y Daniel, la alerta Alba-Keneth no se activó. Pero Suilma Cano, coordinadora del SAAK de la Procuraduría General de la Nación (PGN), dice que la alerta sí se activó, pero que solo se manejó entre instituciones para evitar entorpecer el trabajo del comando antisecuestros y la investigación. No aparece ningún registro ni las fichas de los niños. Incluso el parte de novedades de la PNC de esos días no registra la desaparición de Óscar y Daniel, ni cuando encontraron sus cuerpos.

 

 

Desde que aparecieran Óscar y Daniel, la comunidad ha tratado de sobrellevar el duelo. Aunque la escuela ha estado presente en el proceso, Ixmucané Aldana, supervisora educativa de San Juan Sacatepéquez y parte de la Red Local de Protección a la Niñez y Adolescencia, reconoce la falta de protocolos a seguir en estos casos. “No tenemos nada en concreto para lidiar con el duelo, aunque sabemos que debe hacerse un abordaje integral a toda la comunidad”. Aldana, al igual que algunos de sus maestros, también tienen miedo, sobre todo por una serie de casos el año pasado en que “ronderos” agarraron a maestros para golpearlos y sacarlos de las comunidades.

Hace dos semanas el Viceministerio de Prevención de la Violencia y el Delito, a través de su personal de Escuelas Seguras, comenzó a dar una serie de talleres y atención psicosocial a maestros, alumnos y padres de familia en la escuela Los Ajvix para reducir la deserción de estudiantes. Para el viceministro Axel Romero es necesario trabajar la organización comunitaria y “hacer un trabajo de resiliencia para que además de pasar el luto pueda recuperarse el ánimo. La comunidad exige justicia”.

Miguel Ángel López y Boris Galván reflexionan desde la sede de Conacmi en torno a San Juan Sacatepéquez y la ausencia de Estado que identifican, y les preocupa que aunque la investigación señale a los posibles secuestradores, no se les pueda capturar por la conflictividad que existe en el municipio, en particular si formaran parte de “las rondas”.

Romero reconoce que han tenido acercamientos con el Alcalde del municipio, pero todo “dependerá del tipo de actor que se identifique, que sí puede generar algún tipo de problemática”, como cuando la PNC detuvo un bus de manifestantes de San Juan Sacatepéquez en 2015 para capturar a presuntos participantes de la masacre de Los Pajoques un año antes.

Mientras tanto, a casi 40 kilómetros de distancia de Los Ajvix, en la capital, la diputada Delia Back conformó una mesa técnica en conjunto con el MP, PGN, Ministerio de Gobernación y asociaciones de sociedad civil como Conacmi y Refugio para la Niñez, para responder a la situación de violencia que viven los niños y las niñas en el país a partir de este y otros casos.

Las cifras de 2016 son un reflejo de la manera en que Guatemala ve a los niños: 3 mil 888 casos de morbilidad por maltrato y abuso sexual en el Ministerio de Salud; 4 mil 128 niños víctimas de delitos, según la PNC, con un homicidio por día; 5 mil 600 rescates de la PGN por desnutrición, embarazo, maltrato, intento de suicidio, abandono y trata; 4 necropsias diarias de menores de edad hechas por el Inacif; y 14 mil 551 casos en los juzgados de niñez y adolescencia.

De no haber subido a ese picop el viernes, Daniel habría recibido lectura, lenguaje, matemática y habría salido al recreo. Habría cerrado el día con medio social y natural, y expresión artística. Óscar se habría quejado por enésima vez del sol que le pegaba a su pupitre desde la ventana, y le habría pedido a la seño comprar una cortina. Ambos habrían salido a las doce y media, y juntos habrían caminado a sus casas, a almorzar, a hacer sus tareas, y a jugar en medio de la calle sin tener miedo.

 

“Los niños se subieron con alguien que ya conocían y el secuestro fue orquestado dentro de la comunidad. Dejar los cuerpos es un mensaje a las familias”.
Boris Galván, coordinador de programas de la Asociación Nacional contra el Maltrato Infantil.

 

“Vamos a tratar de dar un apoyo a la comunidad y áreas circundantes en la prevención para mejorar la convivencia y gobernabilidad”.
Axel Romero, viceministro de Prevención de la Violencia y del Delito de la cartera de Gobernación.

19
niños, niñas y adolescentes fueron reportados como desaparecidos el viernes 10 de febrero en toda Guatemala.

comentarios

3 respuestas a “El secuestro (y homicidio) que aterra a Los Ajvix”

  1. ALFREDO GARCIA dice:

    QUE TRISTEZA MAS GRANDE LA MUERTE DE ESTOS DOS ANGELITOS DE DIOS. ME INTRIGA TODO PERO SOBRE TODO. COMO VAN LOS AVANCES DE LAINVESTIGACION, TENGA LA SOSPECHA, CASI LA CERTEZA QUE ES UN CASO MAS PARA EL ARCHIVO. QUE PASÓ: MP, CICIG, PNC. PARA CUANDO ESTARA PRESO ESE DESALMADO ASESINO.

  2. alicia villavicencio dice:

    Es muy importante que este medio siga el desarrollo de esta investigación. Qué tristeza tan profunda y desgarradora la que están viviendo estas familias. Ojalá toda la comunidad los arrope con compasión y compañía.

  3. Maco De Leon dice:

    NO ME PUEDO NI IMAGINAR EL DOLOR DE ESTAS POBRES FAMILIAS,MIS MAS SENTIDO PESAME PARA ELLOS.Yo no soy un detective pero a todas luces se ve que esto no fue un secuestro,este acto de barbarie fue perpetrado para desestabilizar a la sociedad guatemalteca que ya de por si se encuentra sicologicamente afectada por todo lo que a diario sucede en este pais.Guatemala necesita ser refundada desde abajo y para eso necesitamos un nuevo congreso conformado por personas honesta,un nuevo presidente que posea como principal cualidad el ser honrado.SI SEGUIMOS CON EL MISMO CONGRESO Y EL MISMO presidente LAS CONSECUANCIAS SERAN SEVERAS PARA EL DESARROLLO DE GUATEMALA.

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